Soy un exportador de productos hechos artesanalmente en el país. Cuando empecé hace veinte años la VUPE calculaba las exportaciones de artesanías en alrededor de diez millones de dólares al año pero suponía que una cantidad mucho mayor salía del país como contrabando o en manos de turistas.

Hoy en día se calculan exportaciones de sesenta millones y probablemente el doble sale vía turismo y contrabando. Este incremento significa ingresos que sostienen a miles de familias de artesanos.

El gran peso de esos montos se compone de productos hechos con textiles tejidos a mano. Esos textiles en su mayoría son producidos en telares de pedal por hombres—con una importante colaboración de mujeres– a un precio mucho más accesible que los tejidos hechos por mujeres en telares de cintura.

El argumento contenido en la iniciativa de Ley 5247, que busca proteger el patrimonio textil en el país, se centra principalmente en el valor simbólico que representa el traje de la mujer indígena tejido principalmente en telares de cintura– y desata divergencias en torno a los derechos, modalidades, alcance, y ética de su explotación.

En la escalera socioeconómica del país la mujer indígena ocupa el peldaño más bajo, y esa desigualdad es una clave de la problemática. Tradicionalmente las mujeres aprendían a tejer desde una edad temprana, porque en las comunidades todo lo que el ser humano usaba para cubrirse salía de los telares de mujeres.

Desarrollar arte textil en la producción de prendas ha sido, después de criar niños y alimentar su familia, la actividad primordial de la mujer indígena desde la prehistoria, y está en vuelta en significados y sismologías tanto temporales como anclados en la era, locación y entorno de cada tejedora. Sin embargo, durante toda la historia hasta hace muy poco, mujeres tejían exclusivamente para sí mismas y sus familias, sin remuneración.

En las últimas décadas—quizá empezando en los 1960s—el auge en turismo internacional identificó un valor extraordinario en los textiles indígenas que la cultura dominante la- dina jamás había reconocido. Se empezaron a llevar huipiles, fajas, y trajes completos hacía museos y colecciones privadas en Estados Unidos, Europa, y Asia.

Dentro del país, artistas y antropólogos empezaron a retratar, investigar, coleccionar y catalogar la riqueza indumentaria de las regiones. Con este fenómeno extranjero-local se empezó a crear el mercado para traje indígena que hoy en día vemos agigantado, banalizado, y enormemente diferenciado, con- sistiendo ya no solo de huipiles y cortes, sino de toda manera de accesorios hechos con retazos de los mismos.

La estructura de mercados para textiles se compone de muchos actores, empezando con el productor, pasando por uno o varios intermediarios ambulantes, hasta llegar a un puesto, una tienda, o una exportadora, para luego trasladarse a otros países donde suelen intervenir adicionales operadores antes de llegar al consumidor nal. Es por tanta intermedia- ción que los precios pagados al nal de la cadena se comen- tan en origen con sorpresa y disgusto.

Al principio de la cadena aparecen comerciantes de los mismos pueblos. Ellos compran las prendas yendo de casa en casa, buscando mujeres necesitadas que las venden muchas veces por menos valor que una jornada en el campo. Esto ocurre hoy en día en todos los pueblos aledaños a los merca- dos grandes—Antigua, Panajachel, y Chichicastenango. En todos esos mercados existen bodegas que son repositorios de textiles usados, todas propiedad de indígenas que se especial- izan en vender al detalle o por mayor, y también en hacer bolsas, chalecos, zapatos, sombreros, cubrecamas y cojines con retazos de los mismos.

Aquí entonces vemos el problema en muchas dimensiones.

1. Mujeres mal pagadas por sus prendas personales, cuya experiencia les desincentiva de seguir tejiendo y de enseñar su arte a sus hijas.

2. Una gran oferta de prendas usadas provenientes de decenas de comunidades, cuyo origen, simbología, y significado cultural se borra ante una demanda que busca materia prima con colorido, textura, y diseño a bajo costo, sin importar su contexto.

3. Un círculo cerrado que se perpetúa mientras duren los inventarios de prendas indígenas en Guatemala, los cuales se están mermando a pasos agigantados porque su valor inherente ante los ojos de las nuevas generaciones ha demostrado ser insuficiente.

4. Intereses encontrados entre una clase indígena campesina, productora, de escasos recursos, y otra clase indígena urbana, empresarial, de clase media.

5. Una oferta confusa para el tipo de consumidor profesional—diseñadores de moda o compradores de grandes cadenas—que escoge tres o cuatro prendas de distintas comunidades (cuyos nombres a lo mejor nunca conocerá), y pretende combinar sus motivos en una paleta de colores hecha para su clientela, y además reproducirlas en serie con tejedores de telar de pedal para reducir sus costos.

Ante los primeros cuatro puntos, la respuesta de mi em- presa es 1) No comprar textiles usados en los mercados ni productos hechos de sus retazos. Esto no tiene ningún efecto más que depurar nuestra propia visión para poderla enfocar hacia adelante. 2) Llegar a comunidades de tejedoras para conocer sus técnicas y así poder promoverlas. Pensamos que la única forma de preservar la cultura textil es mostrándoles a las tejedoras que su arte tiene mucho mayor valor que la de simple subsistencia. Promovemos sus técnicas para at- raer a compradores que pueden visualizar nuevas categorías de productos creados con ellas, diseñarlos, y comprarlos en volúmenes acorde a la capacidad de producción existente. No incursionamos en proyectos de indumentaria con estas comunidades porque no vemos potencial comercial en esa categoría y queremos mantener una separación entre los tejidos que les representan ingresos y los que utilizan para atuendo. El punto 5 describe una situación muy común en la industria mundial de la moda, que hoy en día se inspira en mil elementos a la vez.

Por ejemplo: cómo resolver ante un suéter con cuello inspirado en un huipil de Almolonga, terminación inspirado en una falda de tribu Wayuu colombiano, elaborado en lana de alpaca peruana en color azul mexicano hecho en tejido de punto en Los Ángeles, cuyo estilo se nombra ¿Glasgow?

Sabemos que las culturas no son estáticas, son omnívoras, cambian constantemente, suman y suman y a ritmos cada vez más acelerados. Para prueba vea a las jóvenes en sus pueb- los hoy en día. Usan huipiles en tono rosado de pueblos que no son suyos, y cortes en la misma tonalidad. O morado con morado, verde limón con verde limón. La mayoría son col- ores y combinaciones impensables para sus mamás y abuelas.

Aquí no hay vuelta de hoja. Este no es un argumento en con- tra de la importancia de resguardar las tradiciones textiles. Pero si deja la pregunta: resguardar CUAL tradición, ¿la de hoy? ¿la de 1970? ¿la de 1930?. Porque varios textiles de un mismo pueblo separado por décadas pueden tener diferen- cias tan grandes que son irreconocibles, excepto por exper- tos y las ancianas del lugar. No soy partidario de establecer esta normativa por varias razones, pero la más importante es que será un desincentivo que tocara tanto a las pocas co- munidades de telar de cintura que nos quedan, como a la industria de tejedores de telar de pedal, cuyos ingresos son considerablemente mayores (es importante destacar también que estamos a favor de capacitar a mujeres en el uso de telares de pedal para incrementar sus ingresos).

Resguardar las tradiciones textiles y prohibir su diseminación o piratería difícilmente se logrará a través de legislación. A futuro la empresa que quisiera copiar un huipil de Sololá encontrará formas de evadir la legislación y además llevará su manufactura a cualquier otro país. Además los mercados internacionales son demasiado inconstantes en la categoría de moda. Muchos activistas pueden pensar que se está copiando un diseño para siempre, pero la blusa que se vende hoy será invendible en tres meses.

En lugar de legislar, se debe reforzar la identidad textil de las comunidades con mayor inversión estatal para identificar a tejedoras maestras y jóvenes talentosas en cada una, becarlas, y ponerlas a hacer rescate cultural de sus tejidos, produciendo prendas de mucha calidad para los mercados locales e internacionales más exigentes.

No es una respuesta para la masa de mujeres, pero tendrá a través del tiempo un provecho individual y colectivo mucho mayor a la que se pretende con la Ley 5247.

Escrito por Ian González